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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Diez años atrás

Lo habitual. Quinta planta de la biblioteca. Folios llenos de apuntes, tachones y referencias. Un libro abierto por una página sin numerar aparece de repente para devolverme la consciencia de dónde estoy, de qué hora es. Las manos de Jesús lo sostienen. Me sonríe y se marcha. Me hundo en el poema y allí me quedo, durante horas.

Aún hoy, mi lectura más recurrente.

Cuando nos conocimos, no teníamos ni idea de que descubriríamos poco tiempo después un hermano en el otro. Con la paciencia y la dulzura de un buen maestro de escuela, me empujó a crecer en aquel otoño ocre (sentencio cursimente, que sabes que me encanta).

Hace justo diez años compartimos la vida entre Turín y Vercelli, junto a Mariquilla (otra hermana que no habíamos conocido hasta entonces), y Maury, Lucia, Emilie, Bea, Anna, Rocca, Silvia, Vale..., personas extraordinarias que aparecieron en golpes de suerte en las antípodas de lo posible, que nos acogieron, nos ayudaron, nos enseñaron, nos acompañaron. (¿Cuándo podremos reencontrarnos, ragazzi?)

Imposible medir cuánto cambié, cuánto aprendí, cuánto gané. Qué curioso. Una de las experiencias más importantes en mi vida, mi ERASMUS, costó al Estado sólo mil euros.

Supongo que lo ven claro. Estos universitarios de ahora ya tendrán que salir de España para buscarse el guiso cuando terminen de estudiar. ¿Para qué vamos a ayudarlos a irse antes? Afortunadamente han dado un paso atrás. No sé por cuánto tiempo.


No más recortes en oportunidades, por favor.

miércoles, 18 de abril de 2012

Recortes en educación


He leído y oído eso de “volvemos a lo de antes” innumerables veces desde que Wert anunció las fantásticas medidas que se aplicarán en educación. Incluso el PSOE ha declarado que estos recortes “suponen un retroceso de 30 años”.

Estas afirmaciones camufladas de pesimismo ante el tijeretazo económico son asombrosamente optimistas si aterrizamos en la realidad de una clase en la actualidad. Treinta y pico alumnos en una clase de hace treinta años no son lo mismo que treinta y pico alumnos en una clase de ahora. Ni de lejos. No sólo por la obviedad de que la sociedad ha cambiado, sino porque las sucesivas reformas han modificado casi de raíz el fenómeno educativo.

La integración de niños con necesidades educativas especiales en el aula ordinaria es un buen ejemplo de ello. Hace veinte años no existía la integración. Los alumnos con problemas acudían a centros llenos de niños con problemas. Y a los alumnos problemáticos (aquellos “flojitos” o con comportamiento inadecuado) se les iba apartando poco a poco del sistema; total, la secundaria no era obligatoria. Hoy todos los alumnos (con problemas, problemáticos y sin problemas aparentes) forman parte de un mismo grupo. Así que en las aulas masificadas de antes se respiraba cierta sensación de homogeneidad. Era  prácticamente imposible imaginar un alumno en 3º que no supiera leer. En un tercero actual podemos encontrar fácilmente niños que no saben leer, niños con trastornos del desarrollo, niños con síndrome de Down… y veinte más, cada uno diferente del otro. Ya no se contempla al grupo, sino al individuo. Así que, desde esta perspectiva, miremos a una clase con treinta y pico niños hoy.

Rotundamente no. No volvemos a lo de antes. Nos encaminamos a algo muchísimo peor. Me aterroriza mirar al futuro. No por tener que trabajar el doble, cobrar menos y sufrir más. Sino por mi hija, por tus hijos, por el niño de mi clase que me manchó de témpera el pantalón esta mañana, por la niña de cuarto que ayer me preguntó sonriente por mi familia en los pasillos…