Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de mayo de 2020

UNA ESCUELA AISLADA


Difícilmente puedo imaginar un solo agente educativo (profesorado, alumnado, familia) que no se haya cuestionado el papel de la escuela, sobre todo, la pública, en estos meses, de diferentes formas, en distintas intensidades y por diversos motivos.

No han sido necesarias pandemias para que se haya escrito y debatido al respecto durante siglos. Me faltan innumerables lecturas para ofrecer una conclusión o reflexión sólida anclada a estudios serios que la justifiquen. No soy experta en nada. Tampoco tengo la suficiente experiencia como para emplearla como aval. Sin embargo, esta situación me empuja a pensar, valorar, replantear, criticar y cuestionar mi profesión.

Cito, otra vez, a Tonucci, por la accesibilidad de sus ideas y porque su aparición en medios para aportar su visión como pedagogo ante esta distópica realidad que atravesamos es frecuente en las últimas semanas: “A los niños les falta la escuela pero no como lugar de aprendizaje (añado: de contenidos académicos), sino de encuentro con los amigos (donde reside el aprendizaje más valioso, según mi opinión)”.

En mi colegio, a veces de forma intuitiva, otras de forma consciente, las áreas del currículum se han ido convirtiendo poco a poco en excusas para aprender a convivir, para aprender a cuidarnos a nosotros mismos y a cuidar a las demás personas y lo que nos rodea. El camino que hemos elegido adquiere hoy, incluso, más sentido.

En esto de CUIDAR, nuestro colegio ha hecho un esfuerzo titánico por SER en comunidad, por crear consciencia comunitaria. En un proyecto precioso, impulsado por el Colectivo Harimaguada,  en corresponsabilidad con el Cabildo de Tenerife, Los cuidados, mejor compartidos, (gracias infinitas a quienes lo construyeron y formaron parte) se comenzaron a crear redes entre diferentes instituciones, organismos, centros educativos y personas para establecer lazos de cuidados comunitarios tejidos desde y para la igualdad. El proyecto como tal cayó al desaparecer su financiación, pero nuestro centro quiso continuar apoyándose en toda la fuerza maravillosa de la palabra CUIDADOS, que se coló por cada grieta del edificio y por cada poro de nuestra piel porque ya, en esencia, estaba ahí, en el personal docente y no docente, en las familias, en el alumnado.

Pero un proyecto de este calado se desmorona si no hay un apoyo institucional detrás que lo financie. Porque algo tan importante y tan bonito requiere inversión en tiempo, formación y recursos si se quiere hacer bien.

Y no sólo recursos (humanos, especialmente). Como una triste metáfora del sistema educativo, nuestro colegio, como infraestructura, permanece completamente aislado de su entorno y alejado, como elemento arquitectónico, de los intereses, los gustos y las preferencias de sus principales destinatarios: los niños y las niñas.

Por alguna incomprensible razón, el sistema educativo sigue funcionando de forma estanca, como si se bastase solo para educar a un niño o a una niña de forma integral. Escuela, Familia, Sanidad, Psicología, Trabajo Social, Nutrición, Psiquiatría y etcétera caminamos en paralelo, casi sin tocarnos; muchas veces, sin escucharnos. Y así perdemos en el arduo y solitario camino a un importante número de alumnos y alumnas, tirando barro a la pared, cada especialidad por su lado, pero sin trabajar cooperativamente.

El CEIP Las Mercedes es el colegio del pueblo, pero está lejos de su núcleo. Supongo que eligieron su ubicación por evidentes cuestiones de espacio y por las condiciones favorables del terreno cuando se construyó en la primera mitad de la década de los 70. En esa necesidad apremiante para dotar de infraestructura a un sistema educativo universal, hubo prisas y errores.

El mismo proyecto de arquitectura sirvió para colegios en zonas climatológicamente muy distintas: desde una muy lluviosa, húmeda y fría (la nuestra), pasando por una zona de medianía con pocos días de lluvia al año y temperaturas más suaves, hasta una más cercana a la costa, con muchos días de sol intenso.

El sentido común dicta que esta decisión de “soltar” estas edificaciones sin tener en cuenta el entorno es el error más básico a evitar desde el punto de vista arquitectónico. Pero, además, lo más grave, a mi entender, es que está aislado de los barrios que lo rodean y únicamente se puede acceder de forma segura si se hace en coche. No hay aceras que lleven a él, por lo que el alumnado que vive a menos de un kilómetro no puede ir caminando. Esto es terrible. Porque está desconectado de toda la vida de su pueblo y de sus barrios. El colegio solamente es el colegio. Retomando puntos anteriores, los lazos con la comunidad deberían ser también físicos.

Tampoco ha habido grandes obras de mantenimiento en estos cuarenta y largos años en los que ha estado funcionando el centro, famoso, lamentablemente, por carecer de una cancha cubierta. En mis momentos más pesimistas, sus espacios me recuerdan inevitablemente a los de una cárcel: asépticos, uniformes, limitadores de la creatividad, sin gracia, feos, hostiles. Construidos desde una perspectiva adultocentrista. Y no sólo. Fríos, muy fríos, a dieciséis grados en invierno dentro de las aulas y pasillos llenos de corrientes catarrales.

El parámetro para construir los colegios y para urbanizar sus alrededores (y para componer todo el sistema educativo) ha sido el adulto. Parafraseando al pedagogo italiano, deberíamos tomar como parámetro el niño o la niña para empezar, como en cualquier aprendizaje significativo, desde lo más cercano que es nuestro colegio, a cambiar hacia, utilizando la palabra de moda, una nueva normalidad realmente transformadora.

Se debería apostar por una nueva movilidad que ya ha empezado en algunas calles de nuestra ciudad, garantizando la seguridad y el bienestar de cada niña y cada niño que quiera acudir a su colegio a pie, incluso, sin compañía adulta. Este riesgo valiente para priorizar la peatonalización embellecería y revalorizaría (en cuanto a que se pondría en valor el cuidado a la ciudadanía más vulnerable) la zona y aportaría una accesibilidad que beneficiaría a los habitantes del pueblo y los barrios (y personas foráneas que llenan nuestras calles para practicar deporte o disfrutar de una caminata más cerca de la naturaleza) que, por fin, podrían pasear y desplazarse con tranquilidad.  

Sin experiencia que la sostenga y sin las suficientes lecturas que la apuntalen, en mi concepción utópica de la nueva normalidad, un nuevo sistema educativo pertenece a un entramado complejo cuyo fin es cuidar a todas las personas y que establece la niña[1] como parámetro; y mi nuevo colegio de Las Mercedes, dentro de la comunidad, se conforma en el eje alrededor del cual orbita la vida del pueblo y de los barrios, accesible, amable y cuidadoso con la ciudadanía más vulnerable.








[1] Utilizo aquí el femenino con contundencia e intencionalidad, porque si el parámetro a partir del cual se estructuran las decisiones resulta ser el colectivo más vulnerable, éstas reportarán beneficios al conjunto de la sociedad.

domingo, 5 de abril de 2020

GRIETAS ESTRUCTURALES


Nunca nos imaginamos así.

Nos han caído encima litros de agua helada que nos han hecho congelar la realidad que hasta ahora nos había arrastrado, impetuosa, contra piedras y por cascadas. En estos canales limpios y pausados por los que nos toca navegar ahora comienzan a vislumbrarse nuestras vergüenzas, errores y desastres de siempre.

El sistema nos ha empujado a identificar como correcta y necesaria una forma antinatural de vivir en muchos aspectos. Me centro en tres que casi son uno: la familia, la crianza y la infancia.

Me repito en esto: estoy convencida de que gran parte del fracaso escolar está íntimamente ligado, entre muchas otras cosas, y en un análisis simplista (lo que me permite mi razonamiento, mi formación y experiencias) a la normalización con la que se pone en manos de otras personas la crianza de nuestros propios hijos e hijas, desde las dieciséis semanas de vida, en contra de toda teoría, de toda emoción y de toda evidencia. Y, a partir de ahí, el triste resto. La infancia se invisibiliza (ojalá hiciéramos más caso a Tonucci), las criaturas “molestan” y se silencian en una sociedad abocada a la producción y al consumo, y venga, papá, venga, mamá, que no pasa nada porque estén más de ocho horas en el colegio, que allí los cuidan incluso mejor que ustedes. Jornadas laborales interminables y precariedad, por nombrar lo más sangrante, unen fuerzas a lo anteriormente comentado para formar un cóctel que impide a las familias corresponsabilizarse del proceso educativo de sus hijas e hijos adecuadamente, tal y como establece la ley.

Deberíamos sentir un superficial vistazo a los países nórdicos como una bofetada. Qué casualidad. La familia y la infancia pesan enormemente en las decisiones políticas y, curiosamente, la educación, admirada por todo el planeta, también. Mientras en España, las niñas y los niños y sus necesidades parecen haber desaparecido del país al mismo tiempo que la actividad lectiva presencial (las necesidades de las mascotas, por ejemplo, sí se han tenido en cuenta desde el primer día de este estado de alarma), en Noruega, la primera ministra, Erna Solberg, ofreció el 16 de marzo una rueda de prensa sobre el Coronavirus en exclusiva para el público infantil en la que era éste, y no los periodistas, quien hacía las preguntas. Es ilustrador.

Llevo unas semanas sintiéndome muy pequeña, casi insignificante con respecto al papel que me ha tocado jugar como maestra y parte de la escuela pública. La humildad me inunda la mirada y refuerza el convencimiento de que la idea anacrónica de la escuela como transmisora de conocimientos y aislada, sin una red robusta de administraciones, instituciones y asociaciones que trabajan en comunidad, se resquebraja.

La escuela pública, como rezan todas y cada una de las leyes educativas hasta la fecha en España, existe para garantizar la igualdad de oportunidades. Y eso se consigue no sólo con lo que se puede hacer en y desde la escuela tal y como la entendemos ahora, sino con una fuerte sacudida a todo el sistema. Desde políticas valientes para poder volver a depositar la responsabilidad de la crianza en las familias, hasta un huracán que transforme a las escuelas, por fin, en centros de atención integral a la Infancia, conformados por profesionales de muchas y diferentes disciplinas: magisterio, psicología, sanidad, trabajo social, sociología e, incluso, arquitectura. Y así, volveremos la mirada a lo importante, que podemos simplificar en los objetivos de la educación primaria, según la legislación vigente. Me quedo, por resumir, con el primero de ellos: convivir y respetar los derechos humanos y el pluralismo de una sociedad democrática.

Andado este camino, me paraliza la autocrítica como agente educativo. Si el papel de la educación pública actualmente poco o nada tiene que ver con la mera transmisión de conocimientos y mucho o todo con garantizar la igualdad de oportunidades y la formación de personas con la capacidad de convivir y ejercer una ciudadanía activa, crítica, respetuosa y responsable, ¿cómo demonios, hoy, vamos a contribuir a eso desde la individualidad de nuestros hogares, desde la distancia social, desde lo ajeno y desde el desconocimiento pormenorizado de la auténtica realidad de cada una de nuestras familias? Eso, que es lo esencial, se pierde y se olvida en todos y cada uno de los pasos que ha dado nuestra Consejería hasta el momento, y, especialmente, en las últimas instrucciones publicadas para todos los centros educativos de Canarias, independientemente del nivel educativo o del contexto.

Comprendo la dificultad en la toma de decisiones. No quisiera, de ninguna de las maneras, verme en la piel de las personas que deben pensar y decidir por toda la Comunidad Educativa. Pero estamos ante la oportunidad de parar, de reflexionar, de replantear nuevos cimientos, de escuchar a los que más tierra pisan.

No hay prisa. De verdad que no. No hay ninguna prisa para completar un currículum (cojo de por sí, si las aulas están vacías), para dar más actividades de repaso, para practicar algoritmos matemáticos descontextualizados, para memorizar el proceso de la digestión o para identificar sustantivos en un texto. Lo que verdaderamente urge en estos momentos es que se garantice el bienestar de esos menores que sabíamos que sus condiciones no eran las óptimas en cuanto a alimentación, en cuanto a higiene, en cuanto a cuidado, desde lo más físico a lo puramente emocional.

Lamento profetizar que todos los dispositivos y recursos para la conectividad que la Consejería y los centros pudieran facilitar a las familias no van a servir para prácticamente nada bueno. La dificultad principal rastreada en nuestro colegio no está en la escasez de recursos o en la falta de conexión, está en la incapacidad de las familias de ayudar a sus hijos e hijas en el proceso educativo de forma aceptable, bien por falta de tiempo o formación, bien porque las circunstancias y la realidad de sus hogares obligan a un nuevo establecimiento de prioridades (salud, economía, cuidado de otras personas dependientes, etc.). No podemos depositar de golpe todo el peso en las familias, cuando el sistema las ha despojado de las herramientas más básicas.

Si finalmente se opta por materializar ese reparto de recursos, ¿qué va a ocurrir en los hogares con más de un menor en edad  escolar?, ¿estamos en disposición de aceptar que todos los menores realizarán un uso responsable y adecuado de las tecnologías?, ¿cómo controlaremos que esos menores, a los que se les está facilitando las herramientas, no recurran a la pornografía o no queden expuestos ante todos los peligros de la red?, ¿garantizaremos con esto la atención individualizada a todas las necesidades educativas?, ¿están preparadas todas y cada una de las familias para apoyar al alumnado en este proceso?. Esa limitada respuesta educativa que podamos ofrecer, ¿disminuirá o aumentará las desigualdades? ¿Qué hacemos con toda esa parte del currículum que tanto tiempo nos ha costado integrar en nuestra práctica docente presencial (lo competencial, lo relativo a la convivencia y la cohesión de grupos, la educación emocional…)?

Me desgarra el alma,  buceando en lo concreto, tener que “entregar notas” de la segunda evaluación. De esta manera y en estas condiciones. Sabiendo que muchas familias y muchos niños y niñas las recibirán con incomprensión, y sin poder obtener una explicación cálida y cercana por parte de la tutora o el tutor. Y, sobre todo, si la finalidad de la evaluación es el aprendizaje, ¿qué aprendizaje se va a construir o mejorar, sin vislumbrar tan siquiera un horizonte?

Entiendo que en la intención de dar una pronta respuesta educativa ante esta situación anómala y excepcional, la brecha digital se haya posicionado como principal enemigo a combatir. En mi opinión, es sólo un espejismo parcheable, y a medias.

La brecha digital es, en realidad, brecha social. Necesitamos sensibilidad y sensatez para atender lo urgente y reparar, poco a poco, sin prisas ni bandazos, las grietas estructurales.


lunes, 20 de junio de 2016

Tres meses y veintidós días. Familia y educación. Comparación programas electorales.

10 de junio de 2016

            Helia tiene tres meses y veintidós días. Sonríe a menudo; sobre todo, si quien la mira es su hermana. Levanta el cuello con fuerza. Aún no se mantiene sentada y se agota rápidamente si la tumbo boca abajo.

            Helia me regala horas seguidas de sueño profundo y nocturno. En compensación, me reclama con frecuencia durante el día. Sólo mi pecho es su alimento. Mama con desesperación pocos minutos. Descansa. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez.

            Terminará muy pronto esta dependencia absoluta, amor primitivo y puro, de mi cuerpo, de mí entera. Ese “sólo yo” fue trascendental cuando nació Nerea. Y vuelve a serlo ahora. Aparentemente egoísta, egocéntrico y ególatra, este “sólo yo”, intrínsecamente generoso, valiente y desinteresado me colma, me hace grande, importante y necesaria.

20 de junio de 2016

            Hace diez días, Helia tenía tres meses y veintidós días y yo, sumergida en ese mar en calma de dedicación plena, me habría tenido que incorporar al trabajo. Las dieciséis semanas de permiso se esfumaron. Ahora disfruto, desde la seguridad y la consecuente libertad de mi puesto de trabajo, de la acumulación del permiso de lactancia, cuya finalización coincidirá felizmente con el mes de vacaciones inamovibles de los docentes: agosto.

Pero casi ninguna mamá trabajadora es así de afortunada. La mayoría debe dejar en manos de otros el cuidado de sus bebés de tres meses y veintidós días. Y se normaliza. Y las que lo hicieron ayer con dolor lo transforman en un “no fue para tanto” a las que deben hacerlo hoy. Y los que no lo han  hecho tratan de convencer con un “todos los demás lo hacen”.

La mayoría debe dejar en manos de otros la crianza y la educación de sus hijos. Y se normaliza. Pero la triste realidad educativa nos escandaliza y nos preocupa. Y en España seguimos sin conectar las políticas familiares con las educativas. Un vistazo a Suecia o Finlandia nos sacudiría con un tortazo.

Familia y educación. Ahí he puesto el foco en la lectura de los programas de los partidos con mayor representación parlamentaria: PP, PSOE, C’S y Podemos. No me he llevado sorpresas. Mucha generalidad, palabras biensonantes y poca concreción en las propuestas. Ahí va un resumen (perdonen el formato cutre de la tabla). En toda selección, hay subjetividad, pero he procurado no intoxicar el texto con opinión. Esta información podrá resultar útil el próximo domingo a personas que son  o serán padres. También a los que tienen cerca o estiman a personas que son o serán padres. Y, por supuesto, a todos aquellos a los que les importen los niños.


PP
PSOE
C’s
Podemos
Permisos de maternidad y paternidad
Ampliación duración del período de excedencia por cuidado de hijos en el caso de familias numerosas.
Permisos de maternidad y paternidad de duración adecuada. Progresiva equiparación.
Igualar permisos.
26 semanas en total.
8 semanas cada progenitor. Intransferible.
10 compartidas.
Igualar permiso de paternidad al de maternidad. Establecimiento de un calendario que aumente el actual permiso de paternidad hasta igualarlo con el de maternidad. Intransferible, 100% pagado y puesto protegido.
Lactancia
“Plan de apoyo a la maternidad” (Sin concreciones)
No menciona
No menciona
Ofrecer facilidades a las mujeres que deseen una lactancia prolongada.
Facilitar y garantizar el ejercicio de una lactancia más allá de los 4 meses de permiso.
Conciliación laboral
Garantizar el protagonismo de los padres en la educación de sus hijos.
Racionalización de horarios.
Excedencias con reserva de puesto.
Facilitación de horarios según necesidades de los padres.
Racionalización de horarios.
Fomento de actividades extraescolares en horarios no lectivos.
Jornada laboral más compacta y flexible.
Horario GMT.
Flexibilización jornada laboral.
Adaptaremos el calendario escolar de festivos y la jornada escolar al calendario laboral. 2 meses de vacaciones.
Ajuste de horarios de apertura de escuelas infantiles al horario laboral de los padres.
Adecuación de horarios laborales para el cuidado de dependientes.
Jornadas laborales cortas a tiempo completo.
Adaptación entre los horarios laborales  y escolares.
Educación Infantil (de 0 a 3)
No menciona.
Gratuidad progresiva.
Acceso universal.
Aumento de plazas públicas y concertadas.
Pública y gratuita.
Pacto educativo
Derogación LOMCE
No
No
Escuela laica
No
Sí.
Educación para la ciudadanía.
No.
Sí.
Docentes
Libro blanco: código deontológico del docente.
Carrera profesional docente.
Prácticas docentes remuneradas durante 2 años.
Estatuto del personal docente.
Sistema de acceso a la docencia similar al MIR.
MIR docente.
Se dará a los centros mayor capacidad para seleccionar y conservar a los mejores profesionales.
Estatuto docente. Hay que basar las carreras profesionales de los educadores en los resultados para acabar con la desmotivación laboral.
Nuevo sistema de acceso a la función pública docente.
Plantillas más estables.
Reducción de horarios de docencia directa para investigación y reflexión de la práctica docente.
Lenguas
Formación en idiomas, innovación y emprendimiento.
Construcción de un modelo común para el aprendizaje de idiomas.
Educación bilingüe y trilingüe.
Plan de aprendizaje integrado de lenguas extranjeras.
Atención a la diversidad
Pruebas de detección precoz de dificultades.
Educación inclusiva.
Progresivo descenso de la ratio.
Escuela inclusiva.
Más plazas para profesores de apoyo en el aula.
Tutores personalizados para el seguimiento y detección de capacidades y dificultades.
No a la repetición de curso.
Plan nacional de educación inclusiva.
Disminución de la ratio.
Centros concertados
No menciona.
No menciona.
Educación verdaderamente gratuita, sin tasas ni tarifas encubiertas en colegios públicos y concertados.
La oferta de plazas escolares seguirá financiándose con recursos públicos sólo en los casos en que sea necesario (por insuficiencia de la oferta en la red pública).







 Como suele decir Ana Pastor: "Estos son los datos, suyas serán las conclusiones."

Aquí dejo también los enlaces a los cuatro programas electorales, por si se quiere contrastar o profundizar:


martes, 5 de abril de 2016

Quisiera pagar más impuestos

Hasta dónde tiene que llegar el Estado. Hasta dónde quieres Tú que llegue el Estado. Pregúntate eso. Después, averigua hasta dónde quiere cada partido político que llegue el Estado. Entonces, vota.

            Se le llenaba la boca a Rajoy aireando su presunto orgullo por los sistemas sanitario y educativo de nuestro país, en el Salvados del domingo pasado. Me pregunto cuántas veces habrá acudido él a las urgencias de un hospital público. Apuesto a que pocas veces, a no ser que haya sido algo muy grave… -curiosamente, en “lo grave”, la sanidad privada deriva al paciente a la pública. Cosas de la rentabilidad, será-. Aunque, honestamente, no lo sé. Tampoco conozco la naturaleza del centro educativo donde estudia su hijo, pero me aventuro a dudar de que sea pública.

            En esa tesitura, señor Rajoy, ¿de qué exactamente se siente usted orgulloso cuando habla de la sanidad y la educación en España? No entiendo. Se referirá a esa “libertad” para elegir dónde quieres curarte o estudiar dependiente de tu bolsillo. Simplificando: liberalismo. Esencia ideológica de Partido Popular o Ciudadanos. Volviendo a simplificar: Papá/Mamá Estado llega hasta “aquí”. El resto, lo pagas tú. Si puedes. Menos impuestos, claro. Por consiguiente (¡Ay, Felipe!), menos derechos, denominados por algunos como servicios. Visión simplificada, reitero, y hasta donde mi capacidad intelectual y mi incultura me permiten llegar. Que sólo soy maestra de primaria.

            Ése no es mi modelo de Estado. Yo quisiera pagar más impuestos. Quisiera que todos pagáramos más impuestos, en función de lo que ganásemos. Eso me gustaría, por ejemplo, si se construyeran con mi dinero (con nuestro dinero) colegios de verdad y no de planchas y cartón piedra. O si se reformaran centros de salud y hospitales públicos sin que se triplicara el presupuesto inicial a medio camino y no se pudiera finalizar las obras.

            Sentirse orgulloso de algo implica luchar por conservarlo, y mejorarlo.

            Yo me siento, desde mi más profunda cursilería de ideología simplista de izquierdas, orgullosa de lo público. Creo y quiero creer en el topicazo: lo público es mejor; precisamente por ese carácter de servir –de dar servicio y de utilidad- como derecho fundamental de cualquier persona, tenga el dinero que tenga. Entre otras muchas cosas, creo firmemente en que, como empleada pública, desarrollo mejor mi trabajo que como empleada privada. Que mi hija se forma mejor como ciudadana en un centro público que en uno privado. Que mi familia y yo vamos a estar mejor atendidos en un sistema sanitario público que en uno privado. Innumerables razones me conducen a tales afirmaciones. Sólo una, por ilustrar: en el sistema público, eres un ciudadano con derechos. En el sistema privado, eres un cliente.


            Cuando escucho lamentos sobre las interminables listas de espera o el estado de desbordamiento de las urgencias en los hospitales; cuando leo quejas sobre los mecanismos de selección del alumnado de los centros concertados; cuando se conversa con rabia sobre los diferentes importes que se pagan por los servicios de acogida temprana o permanencia en distintos centros públicos de la misma ciudad…; me pregunto si esas voces en guerra son realmente conscientes del valor de un voto. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Diez años atrás

Lo habitual. Quinta planta de la biblioteca. Folios llenos de apuntes, tachones y referencias. Un libro abierto por una página sin numerar aparece de repente para devolverme la consciencia de dónde estoy, de qué hora es. Las manos de Jesús lo sostienen. Me sonríe y se marcha. Me hundo en el poema y allí me quedo, durante horas.

Aún hoy, mi lectura más recurrente.

Cuando nos conocimos, no teníamos ni idea de que descubriríamos poco tiempo después un hermano en el otro. Con la paciencia y la dulzura de un buen maestro de escuela, me empujó a crecer en aquel otoño ocre (sentencio cursimente, que sabes que me encanta).

Hace justo diez años compartimos la vida entre Turín y Vercelli, junto a Mariquilla (otra hermana que no habíamos conocido hasta entonces), y Maury, Lucia, Emilie, Bea, Anna, Rocca, Silvia, Vale..., personas extraordinarias que aparecieron en golpes de suerte en las antípodas de lo posible, que nos acogieron, nos ayudaron, nos enseñaron, nos acompañaron. (¿Cuándo podremos reencontrarnos, ragazzi?)

Imposible medir cuánto cambié, cuánto aprendí, cuánto gané. Qué curioso. Una de las experiencias más importantes en mi vida, mi ERASMUS, costó al Estado sólo mil euros.

Supongo que lo ven claro. Estos universitarios de ahora ya tendrán que salir de España para buscarse el guiso cuando terminen de estudiar. ¿Para qué vamos a ayudarlos a irse antes? Afortunadamente han dado un paso atrás. No sé por cuánto tiempo.


No más recortes en oportunidades, por favor.

domingo, 28 de julio de 2013

Educar en autonomía y otras contradicciones

Ya lo confesé una vez. Antes de que Nerea hiciera tambalear mis pilares educativos, estaba convencida de que los bebés debían someterse al cumplimiento riguroso de ciertas rutinas para favorecer buenos hábitos y autonomía en lo relativo a la alimentación, la higiene y el sueño, especialmente. Tras alguna esporádica reflexión, sé que no era “convencimiento”, sino ignorancia ante la existencia de otras formas de hacer las cosas. En definitiva, pensaba que sólo se podía criar BIEN a un hijo caminando por aquel sendero, sin desviarse, porque otros caminos conducían al famoso malcriamiento, o al exceso de mimosería, o a la anarquía doméstica, entre otros males parentales. Conclusión tras dos años siendo mamá: hay tantas formas de criar BIEN a un niño como padres que quieren que sus hijos sean felices –en el presente, y en el futuro- existen[1].

Autonomía, en nuestro contexto, según la RAE, es “Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie.” No soy maestra de infantil, pero pongo mi mano en el fuego a que cuando cualquier niño de tres años va a ser matriculado en cualquier colegio, autonomía y sus derivados son las palabras que más suenan en la primera reunión del curso. A esas edades (entre dos años y medio y tres años), muchos niños no saben sonarse, ni ponerse los zapatos, ni limpiarse el culete, ni pelar un plátano sin ayuda. Y todo eso, queridos amigos, aunque parezca una estupidez, en una clase de 25 niños dependientes de una sola maestra, es un gran problema. Mi percepción es que la falta de autonomía genera pequeñas dificultades en personas pequeñas, pero enormes problemas en personas adultas.

Deformación profesional, será, pero la idea de criar en la dependencia a mi hija me obsesiona. Quiero evitarlo, sobre todas las cosas.  Quizás sea ese miedo el que me empuja a armarme de paciencia (Yo, Doña Prisas Cosas Que Hacer) cuando la animo a que suba y baje las escaleras de nuestro edificio –vivimos en un tercero sin ascensor-, aunque tardemos el triple; cuando nos sentamos a comer los tres, cada uno con su plato, cubiertos y vaso, a pesar de cubrirla con un babero-chubasquero y tener que barrer y fregar las zonas próximas a su trona tras la cena (esto ha mejorado una barbaridad los últimos meses, todo sea dicho); cuando se le pone un poquito de champú en la palma de la mano para que se enjabone el pelo, sabiendo que algo acabará en su cabeza, pero la mayoría, en su boca; etc.

Parece fácil pasar. Incluso podrían vislumbrarse brochazos de cierta irresponsabilidad si se deja al bebé moverse libremente, arrastrándose a los 10 meses, cayéndose a los 13 y alejándose a los 22. Si se le presenta la comida y el bebé decide qué, cómo y cuánto llevarse a la boca. Si se permite que duerma donde y cuando él quiera.  La Adriana de hace tres años hubiera interpretado todas esas acciones como señas de irresponsabilidad. Nada más lejos, según mi experiencia. Basta pasar un día con un bebé para contabilizar cientos de actividades cotidianas que cualquier adulto preferiría hacer él mismo, a pesar de ser consciente de que el niño es perfectamente capaz de hacerlas, sólo por propia comodidad o por diferentes miedos.

Con tres años le doy el puré, con ocho le hago la tarea del cole y con diecisiete le gestiono la matrícula de la universidad, pero después me pregunto por qué no asume las lógicas responsabilidades de la vida adulta. Qué extremista soy, mishijos. Lo sé.



[1] Con niño, padres e hijos me refiero a niño y niña, padres y madres e hijos e hijas. Economía lingüística, nunca sexismo. Gracias.

martes, 5 de febrero de 2013

Maestros y padres, a Finlandia



            Me pasa siempre que termino de ver Salvados: Acabo con una resaca de frustración y malestar que tarda unos días en volver a ser sólo latente. El domingo pasado esa sensación se triplicó porque tocaron lo que más me atañe y me importa. En el colegio no se ha hablado de otra cosa, todos estuvimos pegados al televisor. Supongo que el 90% de los docentes de España lo vimos.

         Desde entonces, mis búsquedas en internet tienen dos objetivos claros:
1)     si existe la posibilidad de poder trabajar en Finlandia sin perder mi puesto aquí y tener nuestro segundo hijo allí,
2)     si puedo comprar un sonómetro en forma de semáforo como el que utilizaban los finlandeses para medir el nivel de ruido en el comedor para ponerlo en mi clase ¡ya!.

La euforia es lo que tiene. Cuando se desvanece, redescubres las cadenas: hipotecas, familiares, desconocimiento absoluto del idioma, miedos a lo nuevo. Eso, y que me descontaron este mes de mi nómina el día de huelga, así que mi queridísimo sonómetro tendrá que esperar.

Utopías aparte, me encantó el programa. Me pareció acertadísima la comparación de datos objetivos entre los dos sistemas educativos: número de alumnos por maestro, horas de clase, costo de materiales, comedor, etc., porcentaje de escuelas públicas… Sí que eché de menos más profundidad en analizar la educación española. Algunos datos bailaron (dependen de las autonomías), pero, bueno, supongo que se trataba de poner el foco en las deficiencias más alarmantes. ¡Otro Salvados sobre educación pronto, por favor! Bueno, uno más, o varios, porque sólo con explicar por qué existen los centros concertados tendrían material de sobra. Y, ya que estoy pidiendo, otro Salvados sobre lo maravilloso y fantástico que es ser padre y madre en este país, gracias a la estupenda e inmejorable ley de conciliación laboral y familiar. Lloré de envidia –más bien de indignación- cuando aquel papá catalán explicaba que su mujer había tenido un año de permiso de maternidad, él seis meses y que podían continuar así hasta los tres años, con sus reducciones de sueldo correspondientes, pero siempre remunerados. Si es que mientras lo escribo me enfermo…

En la entrada Sentimientos compartidos mencioné precisamente que, en mi opinión, el fracaso escolar está estrechamente ligado a esa limosna para padres que existe en España denominada permiso de maternidad y paternidad. Y así lo hizo ver el programa del domingo: que los padres puedan pasar tiempo con sus hijos es fundamental para una educación de calidad.