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domingo, 28 de julio de 2013

Educar en autonomía y otras contradicciones

Ya lo confesé una vez. Antes de que Nerea hiciera tambalear mis pilares educativos, estaba convencida de que los bebés debían someterse al cumplimiento riguroso de ciertas rutinas para favorecer buenos hábitos y autonomía en lo relativo a la alimentación, la higiene y el sueño, especialmente. Tras alguna esporádica reflexión, sé que no era “convencimiento”, sino ignorancia ante la existencia de otras formas de hacer las cosas. En definitiva, pensaba que sólo se podía criar BIEN a un hijo caminando por aquel sendero, sin desviarse, porque otros caminos conducían al famoso malcriamiento, o al exceso de mimosería, o a la anarquía doméstica, entre otros males parentales. Conclusión tras dos años siendo mamá: hay tantas formas de criar BIEN a un niño como padres que quieren que sus hijos sean felices –en el presente, y en el futuro- existen[1].

Autonomía, en nuestro contexto, según la RAE, es “Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie.” No soy maestra de infantil, pero pongo mi mano en el fuego a que cuando cualquier niño de tres años va a ser matriculado en cualquier colegio, autonomía y sus derivados son las palabras que más suenan en la primera reunión del curso. A esas edades (entre dos años y medio y tres años), muchos niños no saben sonarse, ni ponerse los zapatos, ni limpiarse el culete, ni pelar un plátano sin ayuda. Y todo eso, queridos amigos, aunque parezca una estupidez, en una clase de 25 niños dependientes de una sola maestra, es un gran problema. Mi percepción es que la falta de autonomía genera pequeñas dificultades en personas pequeñas, pero enormes problemas en personas adultas.

Deformación profesional, será, pero la idea de criar en la dependencia a mi hija me obsesiona. Quiero evitarlo, sobre todas las cosas.  Quizás sea ese miedo el que me empuja a armarme de paciencia (Yo, Doña Prisas Cosas Que Hacer) cuando la animo a que suba y baje las escaleras de nuestro edificio –vivimos en un tercero sin ascensor-, aunque tardemos el triple; cuando nos sentamos a comer los tres, cada uno con su plato, cubiertos y vaso, a pesar de cubrirla con un babero-chubasquero y tener que barrer y fregar las zonas próximas a su trona tras la cena (esto ha mejorado una barbaridad los últimos meses, todo sea dicho); cuando se le pone un poquito de champú en la palma de la mano para que se enjabone el pelo, sabiendo que algo acabará en su cabeza, pero la mayoría, en su boca; etc.

Parece fácil pasar. Incluso podrían vislumbrarse brochazos de cierta irresponsabilidad si se deja al bebé moverse libremente, arrastrándose a los 10 meses, cayéndose a los 13 y alejándose a los 22. Si se le presenta la comida y el bebé decide qué, cómo y cuánto llevarse a la boca. Si se permite que duerma donde y cuando él quiera.  La Adriana de hace tres años hubiera interpretado todas esas acciones como señas de irresponsabilidad. Nada más lejos, según mi experiencia. Basta pasar un día con un bebé para contabilizar cientos de actividades cotidianas que cualquier adulto preferiría hacer él mismo, a pesar de ser consciente de que el niño es perfectamente capaz de hacerlas, sólo por propia comodidad o por diferentes miedos.

Con tres años le doy el puré, con ocho le hago la tarea del cole y con diecisiete le gestiono la matrícula de la universidad, pero después me pregunto por qué no asume las lógicas responsabilidades de la vida adulta. Qué extremista soy, mishijos. Lo sé.



[1] Con niño, padres e hijos me refiero a niño y niña, padres y madres e hijos e hijas. Economía lingüística, nunca sexismo. Gracias.

jueves, 13 de junio de 2013

Feliz segundo cumpleaños

No quisiera olvidar nada. Ni el dolor.

En aquel 13 de junio hubo magia. Magia natural y nada extraordinaria. Magia de la que ocurre cada día.

Lo repetiría hoy. Hora a hora. Contracción a contracción.

Aquel 13 de junio cambié. Soy otra Adriana, que reconoce a la anterior pero se siente lejos de ella, como cuando escuché por primera vez mi voz en una grabación, o vi mi cara en un vídeo. La misma sensación de extrañeza, de no pertenencia. Entonces ya era feliz. Pero desde que Nerea está, lo soy plenamente.

El 13 de junio de 2011 dejé de hablar, de pensar, de vivir, de ser en singular.  Cito a Chiara Gamberale en La luz en casa de los demás: “sé que todos los días nace alguien […]. Cuando te toca a ti te crees que es la primera vez que ocurre, la primera vez en absoluto. Y hoy me parece que ninguna mujer, aparte de mí, ha sido nunca Mamá.” Así, con precisión matemática, me sentí aquel caluroso lunes a la hora del almuerzo. Como si yo hubiera sido la primera y única Mamá que abrazaba y besaba al primer y único Bebé.

Última contracción. Agotamiento que se aleja lentamente. Me inclino, agarro a Nerea y la acuesto sobre mí. Dos horas que vuelan mientras aquella niña con segundos de vida intenta reptar hacia mi pecho. Una hora, o más, no sé, que se eterniza sin ella. Vuelve, la acuesto junto a mí y la contemplo, la acaricio, la beso.

Han pasado dos años de esos primeros momentos. Hoy ha sido un día intenso. Por primera vez abrió regalos siendo consciente de qué significaba romper un envoltorio. Disfrutó, disfrutamos muchísimo. Cayó rendida. La contemplo, la acaricio, la beso.


Felicidades, Nerea. 

martes, 5 de febrero de 2013

Maestros y padres, a Finlandia



            Me pasa siempre que termino de ver Salvados: Acabo con una resaca de frustración y malestar que tarda unos días en volver a ser sólo latente. El domingo pasado esa sensación se triplicó porque tocaron lo que más me atañe y me importa. En el colegio no se ha hablado de otra cosa, todos estuvimos pegados al televisor. Supongo que el 90% de los docentes de España lo vimos.

         Desde entonces, mis búsquedas en internet tienen dos objetivos claros:
1)     si existe la posibilidad de poder trabajar en Finlandia sin perder mi puesto aquí y tener nuestro segundo hijo allí,
2)     si puedo comprar un sonómetro en forma de semáforo como el que utilizaban los finlandeses para medir el nivel de ruido en el comedor para ponerlo en mi clase ¡ya!.

La euforia es lo que tiene. Cuando se desvanece, redescubres las cadenas: hipotecas, familiares, desconocimiento absoluto del idioma, miedos a lo nuevo. Eso, y que me descontaron este mes de mi nómina el día de huelga, así que mi queridísimo sonómetro tendrá que esperar.

Utopías aparte, me encantó el programa. Me pareció acertadísima la comparación de datos objetivos entre los dos sistemas educativos: número de alumnos por maestro, horas de clase, costo de materiales, comedor, etc., porcentaje de escuelas públicas… Sí que eché de menos más profundidad en analizar la educación española. Algunos datos bailaron (dependen de las autonomías), pero, bueno, supongo que se trataba de poner el foco en las deficiencias más alarmantes. ¡Otro Salvados sobre educación pronto, por favor! Bueno, uno más, o varios, porque sólo con explicar por qué existen los centros concertados tendrían material de sobra. Y, ya que estoy pidiendo, otro Salvados sobre lo maravilloso y fantástico que es ser padre y madre en este país, gracias a la estupenda e inmejorable ley de conciliación laboral y familiar. Lloré de envidia –más bien de indignación- cuando aquel papá catalán explicaba que su mujer había tenido un año de permiso de maternidad, él seis meses y que podían continuar así hasta los tres años, con sus reducciones de sueldo correspondientes, pero siempre remunerados. Si es que mientras lo escribo me enfermo…

En la entrada Sentimientos compartidos mencioné precisamente que, en mi opinión, el fracaso escolar está estrechamente ligado a esa limosna para padres que existe en España denominada permiso de maternidad y paternidad. Y así lo hizo ver el programa del domingo: que los padres puedan pasar tiempo con sus hijos es fundamental para una educación de calidad.

martes, 2 de octubre de 2012

Lo absolutamente (im)prescindible


No hay más vuelta de hoja: el consumismo nos inunda hasta el punto de modificar (o crear) los valores de una sociedad. Sin embargo, nunca la presencia de este fantasma capitalista había sido, a mis ojos, tan obvia como hasta ahora, que mi forma de entender el mundo y lo preestablecido han cambiado radicalmente gracias a mi amor por una bichita de quince meses.

Los últimos meses de embarazo, especialmente para los papás y abuelos primerizos, son una carrera consumista contrarreloj para preparar lo necesario para la llegada del bebé: cochecito, cuco y capazo. Minicuna, cuna, habitación reformada, muebles nuevos. Sábanas, ropita de bebé. Esterilizadores, chupas, baberos, biberones. Termómetro para el agua del baño, bañera, gel, champú, crema hidratante para el cuerpo y reparadora para el culito. Hamaca. ¡Pañales! Gasas, alcohol de no sé cuantos grados, toallas específicas para el bebé. Parque. Manta para el suelo. Los cojines ésos para que no sé de la vuelta. Calientabiberones. Leche maternizada. Mochila portabebés. Trona. Cojín de lactancia. Peine y cepillo. Mueble cambiador…y etcéteras eternos.

Nerea no usa chupa, nunca la quiso. Durante el primer mes, aparte de que era una niña que apenas lloraba, yo evité a toda costa su uso, por miedo a que interfiriera en la lactancia –así me lo habían explicado pediatras y matronas: primer mes, ni biberones, ni chupas-. Hacia el tercer mes, mi niña sintió una poderosa atracción por su pulgar derecho. El “¡ay, ese dedo!”, acompañado de un golpecito autoritario en su mano y vaticinios extraños sobre deformaciones y enfermedades, por parte de amigos, conocidos y especies varias, me tiene francamente harta. Si fuera un trozo de plástico que se compra en la farmacia, nadie se tomaría la molestia de reprender a un bebé de su edad por metérselo en la boca. Algunos consideran que las preferencias de Nerea son una especie de “golpe” del karma o de castigo divino: como yo no quería ponerle chupa a la niña, va la niña, y pa’ joder a la madre, se chupa el dedo. En fin.

Tampoco usa la habitación que su padre y yo pintamos y decoramos antes de que ella naciera. Ahora es un almacén – cuarto de la plancha – despacho – vestidor. Su verdadero cuarto es el nuestro. La cuna está a un palmo de mí, aunque la mayoría del tiempo duerme en nuestra cama. En nuestra ignorante felicidad, aireábamos nuestros trapos tan alegremente, hasta que nos dimos cuenta de que no se ve bien que papá y mamá duerman con el bebé. Hay razones para argumentar esta afirmación para todos los gustos: desde que el bebé puede morir aplastado por los padres hasta que se corre el riesgo de que se acostumbre y nunca aprenda a dormir solo. Así que “hay que” enseñar a los bebés a dormir en su cuna, con sus sábanas hipoalergénicas, en su habitación recién decorada, bien ventilada, con el purificador de aire encendido, las luces tenues con forma de nubes que se reflejan en el techo, el móvil de cuna con sensores de llanto preparado y el walkie talkie con vídeo en modo nocturno listo, para que su mamá y su papá puedan dormir tranquilos al otro lado del pasillo y, a la mínima que el aparato avise, correr hacia el cuarto del niño. Encuentro como mínimo curioso que se haya inventado un aparato que permita controlar al bebé desde otra habitación. La mamá necesita el contacto con su hijo. (Y, por supuesto, el hijo necesita aún más si cabe el contacto con su madre.) Pero nos han grabado a fuego en nuestra consciencia occidental que debemos separarnos de nuestros bebés, cuanto antes, mejor, porque es lo mejor para ellos y para nosotros. Pero nuestro instinto nos despierta y nos hace levantarnos y abrir la puerta de la habitación para ver si el niño está bien. La industria se aprovecha: si adquieres dicho aparatito por la módica cantidad de doscientos y pico euros puedes quedarte tranquilo, lo estás haciendo bien. Curiosamente, antes de que mi gordita naciera, yo estaba plenamente convencida de que así se habían de hacer las cosas para conseguir un hijo autónomo e independiente. Ahora me sitúo en un punto opuesto, mira por dónde. Pero no pongo esfuerzos en convencer a nadie de que nuestra decisión es la correcta porque, simplemente, no lo es. Es la que funciona en mi pequeña familia, y con la que somos felices. Los detractores nos condenan a un futuro en el que nuestra hija nunca se irá de nuestra cama. Nosotros nos limitamos a disfrutarlo. Lo echaremos de menos cuando decida marcharse.

Lo de la comida para bebés también merece un capítulo aparte. Mi niña aún no ha probado la leche artificial. Aunque si fuera por el enfermero de pediatría, se la hubiera tenido que enchufar (sin ningún motivo) a los nueve meses. De hecho, se echó las manos a la cabeza cuando respondí con un sorprendido “no” a su pregunta: “¿ya le diste mi primer Danone?”. Para los que no saben qué es, mi primer Danone es un yogur fabricado con leche de continuación, azucarado, con cosas químicas y más grande y mucho más caro que un yogur corriente. Vamos, su primera mierda consumista. Un bebé no necesita eso en ningún caso. Tampoco es necesario darle papillas de diecisiete cereales y medio. Ni compotas de frutas. Nerea, desde los diez meses, quiere comer sola. No le gusta lo triturado y le encanta picotear de nuestra comida. Aunque le cuesta, pincha con el tenedor y con una coordinación sorprendente se lo lleva a la boca. Claro está, a su alrededor todo termina salpicado de comida. Qué le vamos a hacer. Aprende un sinfín de cosas comiendo sola. Pero algunos no entienden que nos saltemos el paso obligatorio de doblegar su voluntad para que coma lo que otros le dan. Es lógico: trozos de verdura guisada que la niña come sus propios dedos no alimentan lo mismo que un mix de los mismos ingredientes que aterriza en su boca con una chuchara pilotada por quien sea. (¡¿?!)

Un bebé no necesita una chupa, ni una habitación propia, ni alimentarse a base de comida especial para bebés. Aunque nos hayan hecho creer lo contrario. De verdad, cada segundo me convence más la percepción de que lo normal tiene más que ver con un consumismo dictador, que empequeñece nuestra libertad de pensamiento e invalida lo diferente, que con el sentido común. 

lunes, 6 de agosto de 2012

La leche no se acaba...


La leche no se acaba, ni hay poca, ni es de mala calidad. Dar el pecho no duele. Prácticamente todas las mujeres producen leche y definitivamente no, digan lo que digan, con lactancia artificial no se crían igual.  Sí, ya sé, voces críticas en las mentes de los lectores gritan que no, que las afirmaciones que he escrito no son ciertas, o tienen matices. Mi propia abuela asegura que apenas tenía leche porque sus hijos siempre se quedaban con hambre. Mi madre insiste en que a ella se le fue la leche a los dos meses y amigas mías padecieron dolorosas grietas sangrantes mientras lactaban. Yo misma fui criada con lactancia artificial y no me ha ido tan mal.

Mañana finaliza la Semana Mundial de la Lactancia Materna, iniciativa creada por la WABA (Alianza Mundial pro Lactancia Materna) que lleva celebrándose 20 años con la intención de proteger, promover y apoyar la lactancia natural en el mundo. Es curioso cómo se aborda el asunto desde los medios de comunicación. Salen a la luz tetadas públicas y beneficios de la lactancia natural, pero no inciden en lo verdaderamente fundamental: información veraz que permita a las madres decidir qué tipo de alimentación quieren dar a sus hijos. Se limitan a lo superficial, asegurando que el objetivo de dichos actos conmemorativos no es otro que reivindicar el derecho a dar la teta en público. Seré yo que estoy más que acostumbrada a levantarme la camiseta por donde quiera que vaya, delante de quien sea, pero quiero pensar que, afortunadamente, esto está ya más que superado. Lo que pretenden esas mujeres no es otra cosa que ser el ejemplo vivo de que con una buena información y unos buenos apoyos (familiares e institucionales), si cualquier madre desea dar el pecho, puede, durante el tiempo que quiera. Sí, el tiempo que quiera. La Organización Mundial de la Salud recomienda que se dé el pecho un mínimo de dos años, de los cuales, los seis primeros meses sólo debe darse leche materna (ni agua, ni zumos, ni papilla).

Todo el mundo parece aceptar de buen grado que una mamá alimente de forma natural a su bebé recién nacido. La cosa cambia mucho cuando el bebé en cuestión camina y habla. Mis propias amigas se sorprenden (se escandalizan respetuosamente) cuando yo aseguro que continuaré dándole el pecho a Nerea hasta los dos años y, a partir de ahí, hasta que ella o/y yo queramos. Otras personas incluso, a pesar de soltar mi losa aplastante de información constante sobre lactancia materna sobre sus cabezas, siguen apuntillando que eso será así siempre y cuando la divinidad o la suerte me otorguen la capacidad de seguir amamantando.

No entiendo qué ha pasado para que continúen vigentes todos estos mitos en nuestra sociedad. No entiendo por qué una madre que desea dar el pecho acaba fracasando en la lactancia, por falta de apoyos o por una inadecuada información. A mi alrededor veo constantemente a madres que abandonan la lactancia materna, no porque ellas quieran, sino porque piensan que no pueden. Lo triste del tema es que en esto de la lactancia materna, la mayoría de las veces, querer es poder.  

Yo tuve la gran suerte de encontrar en mi camino a una maravillosa matrona que hizo cambiar radicalmente mi preconcepción de la maternidad. Gracias a ella, me mantuve firme en el hospital para no dar ningún biberón a Nerea, a pesar de que las enfermeras de la planta insistían, ante mis dudas, en que por supuesto que yo no tenía leche todavía y que iba a matar a mi bebé de hambre. ¿Cómo es posible que gente con ideas equivocadas sobre la lactancia trabajen con madres que acaban de dar a luz? Dar biberones en los primeros días de vida sin razones médicas serias es condenar al fracaso la lactancia… Porque todo empieza por ahí… El bebé tiene hambre y se agarra a la teta, mama y produce la leche que come, y al comer, produce más leche y así ad infinitum. Un bebé repleto de leche artificial difícilmente abrirá la boca por mucho pezón que se le intente meter.

Hasta aquí mi reflexión del día. Lo escrito a continuación son explicaciones a las sentencias del primer párrafo que he querido dejar para, precisamente, evitar quedarme en lo anecdótico y en la información superficial, y poder echar por tierra algunos mitos.

La leche no se acaba, ni hay poca, ni es de mala calidad, siempre y cuando se permita al bebé mamar siempre que lo desee, las veces que quiera. Sin horarios, sin límites de tiempo. Primero en un pecho, hasta que lo suelte. Luego, se ofrece el otro. Si lo quiere, bien. Si no, también. Nada de 10 minutos en cada pecho, o cada tres horas. Falacias. Lactancia a demanda, en su estricto sentido.

Dar el pecho no duele, siempre y cuando el bebé succione de forma adecuada. Cuerpecito muy cerquita, barriga con barriga, y cuello recto, que el bebé no tenga que girar la cabeza, que le quede el pezón casi en paralelo con su boca. Labios bien abiertos, cogiendo no sólo el pezón, sino también la areola. En cierta forma, el bebé no chupa, sino que “muerde”.

Prácticamente todas las mujeres tienen leche. El porcentaje de madres que realmente no producen leche es entre el 1 y el 2%, normalmente asociado al hipotiroidismo. Cierto es que en un biberón se ve qué cantidad había y qué cantidad ha comido el niño. Con la lactancia natural, eso es imposible, así que aquí entra en juego la confianza de la madre. Si el bebé coge peso normalmente, todo va bien.

Con la lactancia artificial no se crían igual. Pues es evidente que no. Los preparados químicos no inmunizan. Está prohibida por ley la publicidad de leches de fórmula para los primeros seis meses de vida. Con eso, ya tengo suficiente para no confiar demasiado en ellas.

Después de los seis meses, la leche no pierde su calidad. Mucha gente asegura que, pasados los seis primeros meses, de un día para otro la leche se convierte en aguachirri y deja de alimentar. Me fío de la OMS: “La leche materna también es una fuente importante de energía y nutrientes para los niños de 6 a 23 meses. Puede aportar más de la mitad de las necesidades energéticas del niño entre los 6 y los 12 meses, y un tercio entre los 12 y los 24 meses. La lecha materna también es una fuente esencial de energía y nutrientes durante las enfermedades, y reduce la mortalidad de los niños malnutridos.


lunes, 23 de julio de 2012

Recortando libertades


Me desborda la indignación. Que recorten salarios, duele. Que aniquilen derechos, desgarra.

Sediento de aplausos y palmaditas en la espalda de sus votantes más fieles, en medio de un panorama de decepción, el PP camina firme hacia una de sus “perlitas” electorales: modificar la ley del aborto. Según dicen, volveremos a un sistema de supuestos, aunque –atención- ya la malformación del feto no será un motivo legal para abortar.

Mi carácter optimista me empuja a malpensar que estas declaraciones se han lanzado en el momento perfecto para desviar la preocupación de la masa de la prima de riesgo por unos días, y que finalmente no llegarán a nada.

Mi “yo” realista se desespera y grita, impotente, que basta ya de mierdas. Así, tal cual. Crecí en democracia, confiando en que las libertades y los derechos siempre irían a más y nunca –nunca- a menos. Se ve que estaba equivocada. Lo que han hecho en  sanidad y en educación no tiene nombre. Y ahora dejan caer esta fantástica idea. Dan ganas de llorar.

Gallardón defiende que prohibir el aborto protege el derecho a la vida y la maternidad. ¿En serio? ¿De verdad quieren hacernos creer que su cabezonería en recortar libertades tiene que ver con la protección a la maternidad? ¿Y lo dice el mismo gobierno que no respetó las seis semanas de descanso obligatorio tras el parto que le correspondían a la vicepresidenta? Es que chirría, señor ministro.

Protección a la maternidad es ampliar considerablemente el permiso para cuidar al bebé recién nacido, tanto para la madre como para el padre. Protección a la maternidad es invertir en políticas de conciliación familiar y laboral que velen por el derecho a pasar tiempo con nuestros hijos sin tener que renunciar a nuestra profesión. Protección a la maternidad es garantizar una atención sanitaria excelente y una educación de la máxima calidad para todos los ciudadanos.

Pero, por supuesto, esa es mi opinión. La opinión del gobierno, que compartirán muchísimas personas, no lo pongo en duda, es que si una mujer no tiene la libertad de tomar la durísima decisión de abortar, se está protegiendo su maternidad. Así, esa madre protegida tendrá un bebé al que tendrá que abandonar la mayor parte del día  para ir a trabajar con apenas cuatro meses de vida. Esa madre protegida se verá obligada a dejar a su bebé en centros infantiles privados, porque no hay suficiente dinero para invertir en guarderías públicas. Esa madre protegida sufrirá las consecuencias de los recortes en los centros sanitarios, pagando los medicamentos y padeciendo una merma importante en la calidad de los servicios. Esa madre protegida sentirá que la escuela pública no le ofrece una educación decente a su hijo porque faltan maestros y profesores. Y, curioso, esa madre protegida de la que hablo tiene un bebé sano. ¿Por cuánto multiplicamos el drama si el bebé padece una enfermedad grave?

viernes, 13 de julio de 2012

La crisis y lo absurdo


En el último año todos los españoles hemos desbancado al tiempo atmosférico como tema estrella de las conversaciones banales por la economía y la crisis. Si en el ascensor se escapa la frase “ay que ver qué calor hace hoy, ¿verdad?”, la respuesta será algo parecido a “sí, y con esta crisis, ¡a ver quién toma una cervecita por ahí!”. Hemos incorporado a nuestro vocabulario habitual palabrotas como prima de riesgo, déficit, deuda pública, rescate financiero y un largo etcétera. Y, tal vez soy yo, que soy torpe, pero cuanto más aprendo sobre economía, más sentido común pierde el mundo que hasta ahora conocía.

Y es que nos han comido la cabeza. Nos han hecho sentir culpables de algo que nos ha sobrevenido, supuestamente, sin previo aviso. Se nos ha manipulado, desde el principio, para que desviáramos nuestra atención y fuéramos incapaces de focalizar a los verdaderos responsables.

Desde la primera bajada de sueldo, ¿allá por el 2010?, se me revolvieron las tripas y me opuse con impotencia a lo que consideraba una injusticia mayúscula. Pero por entonces parecía haber un acuerdo tácito entre el funcionariado que suspiraba que, bueno, si eso contribuía a salir del atolladero, pues no nos importaba. Por supuesto, el resto de la sociedad asentía con la cabeza y jaleaba con saña la medida. Por fin, esos funcionarios vagos, cobrando sueldazos para toda su vida, sin tener que esforzarse, ¡por fin!, que paguen ellos algo, que están tan bien, y parados, autónomos, contratados temporales, empresarios, etc., sufriendo. Vamos, exactamente lo que pasó cuando una buena mañana nos enteramos de lo que cobraban los controladores aéreos y el fervor (envidia, desesperación, incomprensión, ignorancia) popular los arrastró a la hoguera.

La vocación no fue el único motivo que me encaminó a la docencia. A los dieciocho años me atraían con fuerza carreras como periodismo, traducción e interpretación, turismo, literatura comparada… No era de esas personas que desde que tienen diez años saben con seguridad a qué quieren dedicarse en la vida. Yo sólo tenía claro que quería, sobre todas las cosas, ser madre. Así que eso facilitó mucho mi decisión. Me dedicaría a la docencia para poder disponer de tiempo para mis hijos. Me parecía fabulosa la idea de compartir los mismos períodos de vacaciones y los mismos horarios (más o menos, claro) con ellos. Por supuesto, no se vive únicamente del amor a una profesión y a la maternidad… el sueldo -dejémoslo en decente- y la estabilidad laboral contribuyeron también a desequilibrar la balanza.

Evidentemente, no llegué a la educación pública frotando una lamparita y pidiéndole mi deseo al genio. Pero eso ahora da igual. Hay cinco millones de parados agonizantes y se considera prácticamente una falta de respeto y empatía que un solo funcionario se queje. Eso es lo que nos quieren hacer ver. Estoy realmente cansada de defender mi trabajo, de arañar para convencer de que nos merecíamos hasta el último céntimo que ganábamos (y también más… Lejos y en el vacío han caído los intentos de homologación), de pelear por justificar nuestras vacaciones, de suplicar porque se entienda la responsabilidad social que cae sobre nuestros hombros. Agotada, ya mis discusiones y argumentos terminan en la frase que una amiga y compañera me dijo una vez: “La escuela de magisterio está abierta”. En otras palabras, quien quiera cobrar como un controlador aéreo, que lo sea.

Me hubiera encantado ganar como un anestesista, por ejemplo. Y si realmente mi prioridad en la vida hubiera sido la prosperidad económica, quizás habría hecho el esfuerzo de ser médico. O mejor, contratista o política. Pero no lo hice. Así que no tengo ningún derecho a afirmar, desde la plena ignorancia y simplificando la realidad hasta lo absurdo, que un médico, un abogado, un veterinario, un controlador aéreo, cobran demasiado y no importa que se les baje el salario (es problema de ellos). Como casi todos (¡cómo me estoy acordando ahora mismo de la libertad trágica de las tragedias griegas!) tuve la libertad de elegir y poner todas mis energías en alcanzar mis objetivos. Pero en esta época de incertidumbre todo se tambalea. Y los objetivos que hace años alcancé han desaparecido contra mi voluntad –léase: disminución de sueldos, aumento de horas, empeoramiento de las condiciones en los centros y la calidad educativa…-.

Los funcionarios estamos en el punto de mira. Somos los controladores aéreos del momento. Nuevas cabezas de turco. El gobierno lo tiene fácil: quita en salarios públicos y guarda en la saca, todo bajo el beneplácito del resto de la sociedad. Nuestras protestas serán malinterpretadas e incomprendidas.

Cuando el malestar, la disconformidad, la saturación, la precariedad y el cansancio repercutan directamente en el trabajo de NUESTRO médico o del maestro de NUESTROS hijos, tal vez nos daremos cuenta -tarde- de que sí que era un problema de todos.

sábado, 14 de abril de 2012

Sentimientos compartidos

Quedaban pocos días para que mi permiso de maternidad (sumado a mis vacaciones y al período de lactancia acumulada)  expirara y, a falta de un blog que por aquel entonces no existía, escribí esto en facebook:

Bonita manera de comenzar tiene el nuevo gobierno: saltándose a la torera la ley con la elección de Soraya Sáenz de Santamaría como "negociadora" en el traspaso de poderes. La ley que establece que el permiso de maternidad ha de ser OBLIGATORIO durante las seis semanas posteriores al parto. Precisamente se decidió que esto fuera así para que empresarios dictadores no pudieran privar a las madres empleadas de su derecho. ¿Qué mensaje está dando esta mujer a la sociedad?, ¿que las 16 semanas de permiso son excesivas?, ¿que a la semanita de dar a luz una puede estar estupenda y maravillosa para ponerse a currar?... o peor: ¿que un bebé no necesita estar con su madre ni siquiera a la semana de haber nacido?, ¿que el PP comienza su legislatura infringiendo una ley?


No sé qué podemos esperar las madres (y padres, que los hay) que desesperamos por leyes que nos permitan pasar más tiempo con nuestros hijos, si el propio gobierno se llena la boca con la mierda de ley de "conciliación familiar y laboral" y después sale una tipa "recién parida" trabajando en Moncloa de sol a sol por la tele.

Para todas las que hemos sido madres (pongo mi mano en el fuego a que es así), 16 semanas de permiso son insuficientes. Insuficientes para alimentar al bebé tal y como recomiendan los médicos (seis meses a teta, en exclusiva); insuficientes emocionalmente para la mamá; insuficientes para el bebé que durante el primer año de vida necesita muchísimo a su mami. 

Me incorporo al trabajo en una semana. Y he escrito esto con rabia y dolor. Y llorando porque se me está haciendo un mundo tener que separarme de mi gordita. Sí, ya sé, que "todas las mamás han pasado por esto", que "hace años era mucho peor", que "cuatro meses es un montón de tiempo"... Cada vez estoy más convencida de que el alarmante fracaso escolar está íntimamente relacionado con la naturalidad con que se ve que un niño (de 0 a 12 años) permanezca separado de su padre o de su madre la mayor parte del día. 

Desahogo conseguido.

Me sentía dolorosamente sola e impotente en mi sufrimiento. Me preguntaba constantemente qué podía hacer. Cómo luchar. A quién tenía que unirme. Dónde había que firmar. 

Buscando, descubrí la comunidad Conciliación Real Ya, que me permitió comprobar que, por supuesto, había muchísimos papás y, sobre todo, mamás que, como yo, rogaban soluciones inmediatas al problema de la "inconciliación" laboral y familiar. Y como de granos está hecho el desierto, me uno a formar parte de esta empresa "bloguera". 

Quiero pensar que algo se moverá algún día si cada vez somos más los que nos unimos a luchar por la esperada conquista de poder pasar más tiempo con nuestros hijos sin tener que renunciar a nuestro trabajo. A no ser que, de repente, esa marea de padres y madres guerreando en la red se convierta en ilegal.