jueves, 13 de junio de 2013

Feliz segundo cumpleaños

No quisiera olvidar nada. Ni el dolor.

En aquel 13 de junio hubo magia. Magia natural y nada extraordinaria. Magia de la que ocurre cada día.

Lo repetiría hoy. Hora a hora. Contracción a contracción.

Aquel 13 de junio cambié. Soy otra Adriana, que reconoce a la anterior pero se siente lejos de ella, como cuando escuché por primera vez mi voz en una grabación, o vi mi cara en un vídeo. La misma sensación de extrañeza, de no pertenencia. Entonces ya era feliz. Pero desde que Nerea está, lo soy plenamente.

El 13 de junio de 2011 dejé de hablar, de pensar, de vivir, de ser en singular.  Cito a Chiara Gamberale en La luz en casa de los demás: “sé que todos los días nace alguien […]. Cuando te toca a ti te crees que es la primera vez que ocurre, la primera vez en absoluto. Y hoy me parece que ninguna mujer, aparte de mí, ha sido nunca Mamá.” Así, con precisión matemática, me sentí aquel caluroso lunes a la hora del almuerzo. Como si yo hubiera sido la primera y única Mamá que abrazaba y besaba al primer y único Bebé.

Última contracción. Agotamiento que se aleja lentamente. Me inclino, agarro a Nerea y la acuesto sobre mí. Dos horas que vuelan mientras aquella niña con segundos de vida intenta reptar hacia mi pecho. Una hora, o más, no sé, que se eterniza sin ella. Vuelve, la acuesto junto a mí y la contemplo, la acaricio, la beso.

Han pasado dos años de esos primeros momentos. Hoy ha sido un día intenso. Por primera vez abrió regalos siendo consciente de qué significaba romper un envoltorio. Disfrutó, disfrutamos muchísimo. Cayó rendida. La contemplo, la acaricio, la beso.


Felicidades, Nerea. 

martes, 5 de febrero de 2013

Maestros y padres, a Finlandia



            Me pasa siempre que termino de ver Salvados: Acabo con una resaca de frustración y malestar que tarda unos días en volver a ser sólo latente. El domingo pasado esa sensación se triplicó porque tocaron lo que más me atañe y me importa. En el colegio no se ha hablado de otra cosa, todos estuvimos pegados al televisor. Supongo que el 90% de los docentes de España lo vimos.

         Desde entonces, mis búsquedas en internet tienen dos objetivos claros:
1)     si existe la posibilidad de poder trabajar en Finlandia sin perder mi puesto aquí y tener nuestro segundo hijo allí,
2)     si puedo comprar un sonómetro en forma de semáforo como el que utilizaban los finlandeses para medir el nivel de ruido en el comedor para ponerlo en mi clase ¡ya!.

La euforia es lo que tiene. Cuando se desvanece, redescubres las cadenas: hipotecas, familiares, desconocimiento absoluto del idioma, miedos a lo nuevo. Eso, y que me descontaron este mes de mi nómina el día de huelga, así que mi queridísimo sonómetro tendrá que esperar.

Utopías aparte, me encantó el programa. Me pareció acertadísima la comparación de datos objetivos entre los dos sistemas educativos: número de alumnos por maestro, horas de clase, costo de materiales, comedor, etc., porcentaje de escuelas públicas… Sí que eché de menos más profundidad en analizar la educación española. Algunos datos bailaron (dependen de las autonomías), pero, bueno, supongo que se trataba de poner el foco en las deficiencias más alarmantes. ¡Otro Salvados sobre educación pronto, por favor! Bueno, uno más, o varios, porque sólo con explicar por qué existen los centros concertados tendrían material de sobra. Y, ya que estoy pidiendo, otro Salvados sobre lo maravilloso y fantástico que es ser padre y madre en este país, gracias a la estupenda e inmejorable ley de conciliación laboral y familiar. Lloré de envidia –más bien de indignación- cuando aquel papá catalán explicaba que su mujer había tenido un año de permiso de maternidad, él seis meses y que podían continuar así hasta los tres años, con sus reducciones de sueldo correspondientes, pero siempre remunerados. Si es que mientras lo escribo me enfermo…

En la entrada Sentimientos compartidos mencioné precisamente que, en mi opinión, el fracaso escolar está estrechamente ligado a esa limosna para padres que existe en España denominada permiso de maternidad y paternidad. Y así lo hizo ver el programa del domingo: que los padres puedan pasar tiempo con sus hijos es fundamental para una educación de calidad.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Matemáticamente hablando


Llevo unas cuantas semanas queriendo escribir esta entrada. ¿Qué les pasará a mis horas, que duran menos que las de los demás? ¡Al grano! Acudimos las maestras y el maestro de infantil y el primer ciclo de primaria del cole hace veintipico días a una sesión de cuatro horas sobre matemáticas activas. No pude reír más. Cierto es que mi amigo Mario me dice siempre que soy un público fácil. Razón tiene. Disfruto riendo y busco motivos para hacerlo con frecuencia.

Lo interesante del asunto no son las lágrimas que derramé de tanto reírme ni las carcajadas que los comentarios del ponente que mostraba su trabajo me arrancaron.  Lo verdaderamente importante fueron la reflexión a la que Tony, maestro del CEIP Aguamansa (La Orotava), nos llevó y, sobre todo, aquellos vídeos reveladores de una realidad alternativa y posible en la enseñanza de las matemáticas.  El año pasado me acerqué tímidamente a otra manera de entender y enseñar las mates gracias a una compañera. Cuánto aprenderíamos los maestros si pudiéramos entrar a las aulas de enfrente y de al lado, para ver cómo Fulanita plantea esto, o cómo Menganito desarrolla lo otro. Así fue cómo entendí la relación entre porcentajes, decimales y fracciones. Mar cogió su material manipulativo (pizzas, círculos imantados…) e introdujo esos conceptos a mis niños de 3º y 4º. Desde luego, 28 años para que se me encendiera la bombillita y gritara internamente un desgarrador ¡claaaaaaaaaro! Eternamente agradecida, Mar.

Si pueden, tómense unos minutitos para ver estos vídeos. Yo flipé aquel jueves cuando vi a niños de 6 años operando con raíces cuadradas y potencias.

Ahí los dejo. Disfrútenlos.

La raíz cuadrada en primero 

La resta pensando

Potencias en primero

La enseñanza activa de las matemáticas

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Loca o gurú?


Si es que lo sé, lo sé. Soy la loca de la teta. Me abalanzo sobre los que se pronuncian con ideas equivocadas sobre la lactancia materna y les lleno la cabeza de nombres de pediatras y libros especializados hasta vaciarlos de argumentos basados en mitos o creencias.

Aborrezco esta tendencia incontrolable que me empuja a pensar que la otra persona necesita mi auxilio informativo. Pero, lo dicho, es quizás el defecto que más me molesta de mí misma, porque no sólo me pasa con la lactancia. Me ocurre con todos los temas sobre los que me siento medianamente formada. Más de un tinerfeño convencido de que en la isla de enfrente se habla fatal, se ha comido largas clases magistrales de lingüística sin haberlo pedido para obligarle a cambiar de opinión.

En autodefensa, debo decir que este defecto viene de la mano de una –quiero pensar- virtud. Tras haber superado con cierto éxito cualquier experiencia –repito: cualquier experiencia (primer día en la universidad, por ejemplo)- que me haya supuesto esfuerzos o nervios o preocupaciones, me siento moralmente obligada a allanar esos terrenos a las personas que empiezan a caminarlos. Vamos, lo de ponerse en el lugar del otro de toda la vida. Cuando pienso en mí misma en esos comienzos llenos de piedras y baches, recuerdo con gratitud infinita las manos tendidas que consiguieron que finalmente caminara sola.

Qué extraño, sin embargo, se me está haciendo lo de “tutorizar” a madres lactantes. En primer lugar, porque lo de dar teta a un recién nacido es casi una imposición social. Así que a las madres que, por lo que sea, han decidido no alimentar a sus hijos con su leche, se les presiona para que lo hagan y muchas de ellas acaban dando explicaciones personales a desconocidos para defenderse de los reproches. En segundo lugar, porque, como ya dije alguna vez en este blog (http://cositasdemamaestra.blogspot.com.es/2012/08/laleche-no-se-acaba-ni-hay-poca-ni-es.html), cuando el bebé ya no es tan bebé, dar el pecho, que antes era maravilloso, convierte en excentricidad el hecho en sí y a la mamá en excéntrica e, incluso, en promotora con afán dictatorial de la lactancia materna.

Precisamente por no querer dar esa impresión “impositiva”, mi intervención con las mamás recientes de mi entorno fue sutil. Me informé debidamente de si tenían intención de dar el pecho y, a las que dieron una respuesta afirmativa, les regalé (o hice que otros lo hicieran) el libro que fue mi mano auxiliadora los primeros meses –bueno, en realidad todavía me gusta consultarlo- con Nerea: Un regalo para toda la vida (Guía de la lactancia materna), de Carlos González. ¡Cómo me ayudó este libro! Desde aquí, aun sabiendo que la posibilidad de que esto lo lea algún lejano día es remotísima: GRACIAS, doctor.

En ningún caso mi intervención funcionó como yo esperaba. Algunas intentaron vagamente dar el pecho. Otras lo hicieron unas semanas, pero abandonaron. Nunca pregunto nada. Odio pensar que la otra persona pueda sentirse presionada o molesta. Pero normalmente sale de ellas presentar alegaciones en su propia defensa, argumentando problemas que podrían haberse superado con una buena información. Casi siempre son frases como “tenía poca leche y necesitaba biberones de refuerzo”, “se me cortó la leche”, “se quedaba con hambre”… Es entonces cuando me pregunto: ¿Realmente se “creen” que tienen esos problemas? Si así fuera, ¿por qué no consultaron el Libro (así, en mayúsculas, como una biblia para lactantes)?, ¿o por qué no buscaron ayuda profesional (grupos de apoyo a la lactancia, pediatras, ¡yo misma! –no como profesional, claro, sino como mamá lactante experimentada-)? ¡¡¿Pero es que no se leyeron el Libro?!! –grito de desesperación-.

La conclusión es llana y simple. No dicen la verdad. Aunque podían y sabían que podían, no quisieron seguir dando el pecho. Por lo que fuera. Respetables todos los motivos, faltaría más. Sin embargo, sólo una vez escuché firmemente “no quiero dar el pecho” a una madre “recién parida”; no buscó excusas, ni inventó falacias sobre la calidad o la cantidad de su leche. Era mi compañera de habitación en el hospital. Sin yo pedírselo, me explicó que lo pasaba fatal cuando intentaba darle el pecho a su primera hija porque la situación la estresaba muchísimo y no quería volver a pasar por lo mismo con su nuevo retoño. Un “bravo” por su sinceridad.

Cuando una mamá me cuenta que le está dando biberones a su bebé porque no tiene suficiente leche (por ejemplo), siempre dudo entre si su frase es una verdadera demanda de información o simplemente un refugio que esconde la realidad de que prefiere no tener enganchado a su bebé todo el día a su teta. Acabo no diciendo nada… no quiero ser recordada eternamente como la loca de la teta.

Una vez, entre bromas, una amiga me animó a formar parte de algún grupo de apoyo a la lactancia materna porque, según dice, soy una especie de gurú de la teta. Pero mi corta experiencia como asesora en lactancia natural me indica que algo hago mal. Cuando esas madres “tutorizadas” han abandonado la teta argumentando motivos insustanciales parecidos a los que ya he citado, he sentido frustración y, en cierta medida, fracaso. Deformación profesional, será. Me horroriza imaginar que obtengo los mismos resultados con mis niños como maestra. Así que agradecería mucho que si una futura madre asesorada por mí quisiera dejar de dar el pecho, me lo dijera tal cual. Sin excusas. Por supuesto, no trataré, jamás, de convencerla de lo contrario, y sentiré satisfacción porque he hecho bien mi trabajo de aspirante a gurú de la teta.

martes, 2 de octubre de 2012

Lo absolutamente (im)prescindible


No hay más vuelta de hoja: el consumismo nos inunda hasta el punto de modificar (o crear) los valores de una sociedad. Sin embargo, nunca la presencia de este fantasma capitalista había sido, a mis ojos, tan obvia como hasta ahora, que mi forma de entender el mundo y lo preestablecido han cambiado radicalmente gracias a mi amor por una bichita de quince meses.

Los últimos meses de embarazo, especialmente para los papás y abuelos primerizos, son una carrera consumista contrarreloj para preparar lo necesario para la llegada del bebé: cochecito, cuco y capazo. Minicuna, cuna, habitación reformada, muebles nuevos. Sábanas, ropita de bebé. Esterilizadores, chupas, baberos, biberones. Termómetro para el agua del baño, bañera, gel, champú, crema hidratante para el cuerpo y reparadora para el culito. Hamaca. ¡Pañales! Gasas, alcohol de no sé cuantos grados, toallas específicas para el bebé. Parque. Manta para el suelo. Los cojines ésos para que no sé de la vuelta. Calientabiberones. Leche maternizada. Mochila portabebés. Trona. Cojín de lactancia. Peine y cepillo. Mueble cambiador…y etcéteras eternos.

Nerea no usa chupa, nunca la quiso. Durante el primer mes, aparte de que era una niña que apenas lloraba, yo evité a toda costa su uso, por miedo a que interfiriera en la lactancia –así me lo habían explicado pediatras y matronas: primer mes, ni biberones, ni chupas-. Hacia el tercer mes, mi niña sintió una poderosa atracción por su pulgar derecho. El “¡ay, ese dedo!”, acompañado de un golpecito autoritario en su mano y vaticinios extraños sobre deformaciones y enfermedades, por parte de amigos, conocidos y especies varias, me tiene francamente harta. Si fuera un trozo de plástico que se compra en la farmacia, nadie se tomaría la molestia de reprender a un bebé de su edad por metérselo en la boca. Algunos consideran que las preferencias de Nerea son una especie de “golpe” del karma o de castigo divino: como yo no quería ponerle chupa a la niña, va la niña, y pa’ joder a la madre, se chupa el dedo. En fin.

Tampoco usa la habitación que su padre y yo pintamos y decoramos antes de que ella naciera. Ahora es un almacén – cuarto de la plancha – despacho – vestidor. Su verdadero cuarto es el nuestro. La cuna está a un palmo de mí, aunque la mayoría del tiempo duerme en nuestra cama. En nuestra ignorante felicidad, aireábamos nuestros trapos tan alegremente, hasta que nos dimos cuenta de que no se ve bien que papá y mamá duerman con el bebé. Hay razones para argumentar esta afirmación para todos los gustos: desde que el bebé puede morir aplastado por los padres hasta que se corre el riesgo de que se acostumbre y nunca aprenda a dormir solo. Así que “hay que” enseñar a los bebés a dormir en su cuna, con sus sábanas hipoalergénicas, en su habitación recién decorada, bien ventilada, con el purificador de aire encendido, las luces tenues con forma de nubes que se reflejan en el techo, el móvil de cuna con sensores de llanto preparado y el walkie talkie con vídeo en modo nocturno listo, para que su mamá y su papá puedan dormir tranquilos al otro lado del pasillo y, a la mínima que el aparato avise, correr hacia el cuarto del niño. Encuentro como mínimo curioso que se haya inventado un aparato que permita controlar al bebé desde otra habitación. La mamá necesita el contacto con su hijo. (Y, por supuesto, el hijo necesita aún más si cabe el contacto con su madre.) Pero nos han grabado a fuego en nuestra consciencia occidental que debemos separarnos de nuestros bebés, cuanto antes, mejor, porque es lo mejor para ellos y para nosotros. Pero nuestro instinto nos despierta y nos hace levantarnos y abrir la puerta de la habitación para ver si el niño está bien. La industria se aprovecha: si adquieres dicho aparatito por la módica cantidad de doscientos y pico euros puedes quedarte tranquilo, lo estás haciendo bien. Curiosamente, antes de que mi gordita naciera, yo estaba plenamente convencida de que así se habían de hacer las cosas para conseguir un hijo autónomo e independiente. Ahora me sitúo en un punto opuesto, mira por dónde. Pero no pongo esfuerzos en convencer a nadie de que nuestra decisión es la correcta porque, simplemente, no lo es. Es la que funciona en mi pequeña familia, y con la que somos felices. Los detractores nos condenan a un futuro en el que nuestra hija nunca se irá de nuestra cama. Nosotros nos limitamos a disfrutarlo. Lo echaremos de menos cuando decida marcharse.

Lo de la comida para bebés también merece un capítulo aparte. Mi niña aún no ha probado la leche artificial. Aunque si fuera por el enfermero de pediatría, se la hubiera tenido que enchufar (sin ningún motivo) a los nueve meses. De hecho, se echó las manos a la cabeza cuando respondí con un sorprendido “no” a su pregunta: “¿ya le diste mi primer Danone?”. Para los que no saben qué es, mi primer Danone es un yogur fabricado con leche de continuación, azucarado, con cosas químicas y más grande y mucho más caro que un yogur corriente. Vamos, su primera mierda consumista. Un bebé no necesita eso en ningún caso. Tampoco es necesario darle papillas de diecisiete cereales y medio. Ni compotas de frutas. Nerea, desde los diez meses, quiere comer sola. No le gusta lo triturado y le encanta picotear de nuestra comida. Aunque le cuesta, pincha con el tenedor y con una coordinación sorprendente se lo lleva a la boca. Claro está, a su alrededor todo termina salpicado de comida. Qué le vamos a hacer. Aprende un sinfín de cosas comiendo sola. Pero algunos no entienden que nos saltemos el paso obligatorio de doblegar su voluntad para que coma lo que otros le dan. Es lógico: trozos de verdura guisada que la niña come sus propios dedos no alimentan lo mismo que un mix de los mismos ingredientes que aterriza en su boca con una chuchara pilotada por quien sea. (¡¿?!)

Un bebé no necesita una chupa, ni una habitación propia, ni alimentarse a base de comida especial para bebés. Aunque nos hayan hecho creer lo contrario. De verdad, cada segundo me convence más la percepción de que lo normal tiene más que ver con un consumismo dictador, que empequeñece nuestra libertad de pensamiento e invalida lo diferente, que con el sentido común. 

sábado, 18 de agosto de 2012

Cuenta atrás


Qué poquito queda para que comience el nuevo curso escolar. Qué razón tiene Sandra. Para nosotros, maestros, septiembre es nuestro enero. Las intenciones de hacer dieta, ir al gimnasio, leer esto y aquello, organizar el trastero, no dejar todo para el final, y un largo etcétera, no nos las proponemos el 31 de diciembre, sino a finales de agosto, en el justo y preciso momento en que resurgen esas maripositas de nerviosismo ante los nuevos comienzos. Porque, a veces por suerte, a veces por desgracia, cada septiembre siempre se empieza; ningún curso es igual al anterior o al que vendrá, incluso si continúas siendo tutora de los mismos chicos, en el mismo cole, con los mismos compañeros.
                                       
Este septiembre me toca empezar del todo. Nuevo cole, nuevos chicos y nuevos compañeros. Es un buen destino: no lejos de casa y entorno casi inmejorable. A menos de quince días de la vuelta al trabajo, las maripositas ya revolotean. Lo nuevo entusiasma, pero también asusta.

Sin embargo, más que el nerviosismo, este “fin de año” me puede más la tristeza. Me voy -contra mi voluntad, claro- del cole en el que he estado los dos últimos cursos. Siendo objetiva, en realidad no ha sido mucho el tiempo que he pasado allí. Siendo subjetiva, he vivido, en lo profesional y en lo personal, experiencias que han cambiado mi forma de entender la docencia, y el mundo (la maternidad, ya se sabe…).

Cómo no voy a estar triste. Dejo atrás a mi grupo de chiquitos –aunque ante esto ya estoy algo inmunizada- y, sobre todo, a los mejores compañeros. Desde el primer minuto me sentí arropada, tranquila, motivada, segura y respaldada por un equipo excelente, en todos los sentidos. Si algo he crecido como maestra durante estos años, ha sido gracias a lo que de ellos he aprendido.

Agradecimientos infinitos, maestros. Los echaré de menos. Mucho.

lunes, 6 de agosto de 2012

La leche no se acaba...


La leche no se acaba, ni hay poca, ni es de mala calidad. Dar el pecho no duele. Prácticamente todas las mujeres producen leche y definitivamente no, digan lo que digan, con lactancia artificial no se crían igual.  Sí, ya sé, voces críticas en las mentes de los lectores gritan que no, que las afirmaciones que he escrito no son ciertas, o tienen matices. Mi propia abuela asegura que apenas tenía leche porque sus hijos siempre se quedaban con hambre. Mi madre insiste en que a ella se le fue la leche a los dos meses y amigas mías padecieron dolorosas grietas sangrantes mientras lactaban. Yo misma fui criada con lactancia artificial y no me ha ido tan mal.

Mañana finaliza la Semana Mundial de la Lactancia Materna, iniciativa creada por la WABA (Alianza Mundial pro Lactancia Materna) que lleva celebrándose 20 años con la intención de proteger, promover y apoyar la lactancia natural en el mundo. Es curioso cómo se aborda el asunto desde los medios de comunicación. Salen a la luz tetadas públicas y beneficios de la lactancia natural, pero no inciden en lo verdaderamente fundamental: información veraz que permita a las madres decidir qué tipo de alimentación quieren dar a sus hijos. Se limitan a lo superficial, asegurando que el objetivo de dichos actos conmemorativos no es otro que reivindicar el derecho a dar la teta en público. Seré yo que estoy más que acostumbrada a levantarme la camiseta por donde quiera que vaya, delante de quien sea, pero quiero pensar que, afortunadamente, esto está ya más que superado. Lo que pretenden esas mujeres no es otra cosa que ser el ejemplo vivo de que con una buena información y unos buenos apoyos (familiares e institucionales), si cualquier madre desea dar el pecho, puede, durante el tiempo que quiera. Sí, el tiempo que quiera. La Organización Mundial de la Salud recomienda que se dé el pecho un mínimo de dos años, de los cuales, los seis primeros meses sólo debe darse leche materna (ni agua, ni zumos, ni papilla).

Todo el mundo parece aceptar de buen grado que una mamá alimente de forma natural a su bebé recién nacido. La cosa cambia mucho cuando el bebé en cuestión camina y habla. Mis propias amigas se sorprenden (se escandalizan respetuosamente) cuando yo aseguro que continuaré dándole el pecho a Nerea hasta los dos años y, a partir de ahí, hasta que ella o/y yo queramos. Otras personas incluso, a pesar de soltar mi losa aplastante de información constante sobre lactancia materna sobre sus cabezas, siguen apuntillando que eso será así siempre y cuando la divinidad o la suerte me otorguen la capacidad de seguir amamantando.

No entiendo qué ha pasado para que continúen vigentes todos estos mitos en nuestra sociedad. No entiendo por qué una madre que desea dar el pecho acaba fracasando en la lactancia, por falta de apoyos o por una inadecuada información. A mi alrededor veo constantemente a madres que abandonan la lactancia materna, no porque ellas quieran, sino porque piensan que no pueden. Lo triste del tema es que en esto de la lactancia materna, la mayoría de las veces, querer es poder.  

Yo tuve la gran suerte de encontrar en mi camino a una maravillosa matrona que hizo cambiar radicalmente mi preconcepción de la maternidad. Gracias a ella, me mantuve firme en el hospital para no dar ningún biberón a Nerea, a pesar de que las enfermeras de la planta insistían, ante mis dudas, en que por supuesto que yo no tenía leche todavía y que iba a matar a mi bebé de hambre. ¿Cómo es posible que gente con ideas equivocadas sobre la lactancia trabajen con madres que acaban de dar a luz? Dar biberones en los primeros días de vida sin razones médicas serias es condenar al fracaso la lactancia… Porque todo empieza por ahí… El bebé tiene hambre y se agarra a la teta, mama y produce la leche que come, y al comer, produce más leche y así ad infinitum. Un bebé repleto de leche artificial difícilmente abrirá la boca por mucho pezón que se le intente meter.

Hasta aquí mi reflexión del día. Lo escrito a continuación son explicaciones a las sentencias del primer párrafo que he querido dejar para, precisamente, evitar quedarme en lo anecdótico y en la información superficial, y poder echar por tierra algunos mitos.

La leche no se acaba, ni hay poca, ni es de mala calidad, siempre y cuando se permita al bebé mamar siempre que lo desee, las veces que quiera. Sin horarios, sin límites de tiempo. Primero en un pecho, hasta que lo suelte. Luego, se ofrece el otro. Si lo quiere, bien. Si no, también. Nada de 10 minutos en cada pecho, o cada tres horas. Falacias. Lactancia a demanda, en su estricto sentido.

Dar el pecho no duele, siempre y cuando el bebé succione de forma adecuada. Cuerpecito muy cerquita, barriga con barriga, y cuello recto, que el bebé no tenga que girar la cabeza, que le quede el pezón casi en paralelo con su boca. Labios bien abiertos, cogiendo no sólo el pezón, sino también la areola. En cierta forma, el bebé no chupa, sino que “muerde”.

Prácticamente todas las mujeres tienen leche. El porcentaje de madres que realmente no producen leche es entre el 1 y el 2%, normalmente asociado al hipotiroidismo. Cierto es que en un biberón se ve qué cantidad había y qué cantidad ha comido el niño. Con la lactancia natural, eso es imposible, así que aquí entra en juego la confianza de la madre. Si el bebé coge peso normalmente, todo va bien.

Con la lactancia artificial no se crían igual. Pues es evidente que no. Los preparados químicos no inmunizan. Está prohibida por ley la publicidad de leches de fórmula para los primeros seis meses de vida. Con eso, ya tengo suficiente para no confiar demasiado en ellas.

Después de los seis meses, la leche no pierde su calidad. Mucha gente asegura que, pasados los seis primeros meses, de un día para otro la leche se convierte en aguachirri y deja de alimentar. Me fío de la OMS: “La leche materna también es una fuente importante de energía y nutrientes para los niños de 6 a 23 meses. Puede aportar más de la mitad de las necesidades energéticas del niño entre los 6 y los 12 meses, y un tercio entre los 12 y los 24 meses. La lecha materna también es una fuente esencial de energía y nutrientes durante las enfermedades, y reduce la mortalidad de los niños malnutridos.